Como el viejo Melquiades de Cien años de soledad, al que sigo buscando aquí en Macondo, ella no tenía edad. Su cuerpo era menudo, el pelo tomado por las huestes del invierno, la piel morena serpenteada toda de azulados caminos por los que más que circular, parecía galopar la sangre y en su mirada un extraño color azul negruzco que producía vértigo si la fijabas.
Nunca he creído que el destino esté escrito y mucho menos, caso de que lo esté, que alguien pueda leerlo, y a pesar de ello, no sé bien por qué, dejé que ella buscase o inventase entre el trazado abstracto de mi mano.
Unas pocas monedas sirvieron para que se adentrase en mis silencios. Yo sonreía, seguro de que a pesar del pago, mi ausencia de fe no se vería sorprendida ni siquiera por la palabrería que había restado mi capital.
Su voz era firme, contundente pero no brusca, grave pero no hiriente, no cambió su gesto adusto en ningún momento.
Parecía que verdaderamente podía contemplar algo en mis manos y yo estaba admirado por cómo interpretaba su papel de gitana sabia.
Cuando apuntó el primer avance dejé de sonreír. Tenía puntería o mucha experiencia, había acertado. Con el segundo debió notar como se aceleraba mi pulso. Miré a quien estaba sirviendo de testigo de la escena, una amiga que permanecía en silencio, había vuelto a acertar.
Después hizo otros dos apuntes, estos relacionados con el futuro y retiré la mano dando por concluido el dictamen.
Ella permaneció impasible y solicitó la mano de mi acompañante. Ésta, entre asombrada y temerosa, la escondió todo lo que pudo con la certeza de que a ella nadie le iba a leer nada.
Aún hoy, bastantes años después recuerdo aquella escena y tamizado todo por la luz del tiempo, sonrío con cierta pesadez. Acertó plenamente en los dos primeros y creo que nunca se cumplirán sus dos vaticinios pendientes, aunque eso, no lo sabré hasta el final.
RAFAEL MÉRIDA
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