Me adentro en parajes misteriosos que nunca pude imaginar. A cada paso siento más próximos detalles que configuraron otra historia que intento asimilar a la mía y sigo huellas que otros dejaron en postales que nunca serán de nadie a pesar de estar guardadas en las latas de membrillo de memorias disidentes.
Mares y lugares en los que se perdieron otros labios, otras promesas, otros sueños. Una estrella de cinco puntas y nombre sin apellidos que siempre seguirá brillando, otra de mar asida para siempre a una piel y una que sonríe con la picardía y la inocencia a un tiempo de sus pocos pero suficientes años.
Ayeres sin los que no se puede entender el presente. Miedos infantiles disfrazados, rostros y nombres con significados traducidos en miradas extraviadas y silencios que tanto gritan.
Búsquedas y pisadas que quieren dejar atrás melancolías y soledades, rarezas y singularidades de fotos en blanco y negro.
Miedo a las palabras huecas, las dependencias suicidas y las necesidades inventadas, a los destinos del azar.
Me quedo con la esbelta figura que sigue siendo capaz de sobreponerse a cada desencanto, a cada incomprensión, me quedo con la voluntad de quien sabe tanto y no deja de aprender, de quien ha crecido y hoy sigue proyectando una sombra inmensa y nada ambigua que tantos siguen buscando.
Su mirada es profunda, lánguida, melancólica, misteriosa, enigmática, traviesa, burlona, seductora, contundente, temerosa, confiada. Su mirada es mi camino y queda mucho por andar…