Seguro que no te acuerdas. Fue una tarde de verano que quisimos bebernos de un trago con la esperanza de que no fuese única.
El sol avanzaba. Como todos los estíos lo hacía cansinamente, como no queriendo marcharse, las horas pasaban pero él seguía abrasando las calles de una Sevilla que comenzaba a llenarse de fantasmas, hacía calor como está mandao y los grillos afinaban para convertirse en banda sonora de la velada que se adivinaba.
Al fin, el astro rey se ocultó, mas todas sus luces seguían refulgentes brillando en tus ojos y nuestros labios, dulces, húmedos, ansiosos, preludiaban una noche inolvidable.
Cenamos en aquel lugar al que no he querido volver para no alterar la brisa que allí nos visitó y que hoy sigue dando vueltas por algún rincón de mi alma.
Mis sentidos no se cansaban de percibirte y seguían avariciosos pidiendo más.
Pugnamos por ver quién pagaba la cuenta sabiendo que aquello no tenía ninguna importancia pero fingiendo que la tenía, ahora sé que todo fue demasiado barato, que nunca pude saldar la deuda que día a día se había ido acumulando en el debe.
Salimos de allí besándonos como dos adolescentes para los que aún era demasiado temprano, como si estuviésemos descubriendo aún algo nuevo, y fuimos camino de tu casa donde nos esperaba la evidencia que queríamos disimular.
No hicieron falta preliminares, excusas ni dilaciones, nos desnudamos enamorados, nos abrazamos encendidos y fuimos demorándonos en cada rincón del cuerpo ajeno. Hablamos callados y confundimos gemidos mientras los grillos, ahora sí, cantaban sin que nosotros los escucháramos.
Después cerramos los ojos, tú antes que yo, piel con piel. Solté tu mano para dormir solo pero a tu lado como siempre lo había soñado. Entonces hubiese querido congelar, detener el tiempo. Que nada ni nadie pudiese alterar ese momento que las sombras ocultaban de los ojos del mundo, tú y yo, solos tú y yo, sin lugar, sin espacio, sin medida, tú y yo enamorados y entrelazados, escribiendo sobre el terciopelo siempre dispuesto de la epidermis prójima.
Aquella, sin yo saberlo fue la última vez de muchas cosas, de haberlo intuido hubiese podido despedirme de tanto milagro como provocabas.
Seguí viviendo mi falsedad a orillas de ese mar que tú tanto amas y nos fuimos alejando, llevé mi barco a alta mar sabiendo que seguía dejándote en el puerto de mi desidia y tu faro dejó de iluminar mis caminos para volver tu luz hacia otros senderos, y tú y yo comenzamos a borrarnos haciéndonos cada vez más imperceptibles.
Hoy añoro aquel epílogo que cerró el libro más hermoso de mis días, y todo sigue tan distinto sin ti…